LA FUENTE
Largos pasillos e innumerables puertas. Todo muy bien iluminado, grandes tapices de épocas ya pasadas a gloria por los hombres. Las alfombras parecían dar un calor acogedor aunque afuera hiciese poco más que unos grados centígrados. Las puertas de un ascensor se abrieron y sonó la campanita. Segundos después apareció una joven portando una mesilla repleta de tazas y dos cafeteras humeantes a la par dos jarras de leche, una caliente y otra del tiempo. Una vez se cerraron las puertas la joven se arregló la falda y colocó mejor las pastas, respiró profundamente y comenzó a caminar por ese inmenso pasillo. Personal de seguridad estaban a ambos lados de los pasillos, según contó la joven 4 por cada ala, siempre vestidos de negro y muy serios, sin ninguna expresión, parecían estatuas. Como de costumbre ella no dijo nada al pasar entre ellos, el tintineo de las tazas anunció el desbloqueo de la puerta, ella entendió que la seguridad interna al salón donde se dirigían les daba el paso. Llegado al lugar se paró, llamó a la puerta y alguien desde dentro le abrió para que pudiera entrar sin entorpecerle nada. Entró, observó que era la última de las camareras, un total de 6, todas igualmente uniformadas del mismo color de cabello e igual en constitución y estatura, parecían clones, solo tardó 2 segundos en proseguir la marcha y alguien le indicó donde tendría que servir a los comensales los aperitivos, según pudo contar por el lateral donde caminaba eran uno 60 por tanto en el otro lado seria otros tanto, un total de 120, quizás alguno mas pues la mesa era redonda y podría haber errado en alguno. Cuando llegó, un señor, supuestamente de la seguridad, con rasgos hindúes les dio el alto interponiéndose en su camino, ella le miró y este con gestos le indicó que era el lugar donde tenía que servir las pastas y los cafés. Le llamó la atención de que nadie fumara, habían mucha tensión, muchísima tensión a tenor de los semblantes que mostraban algunos, mayoritariamente hombre, quizás alguna mujer, y según observó esas mujeres era personajes muy importantes de la nobleza europea, de lo señores que observó en su visita conocía algún que otro gracias a las lecturas de las revistas de cotilleos, en todo caso, no les dirigió a ninguno la mirada a los ojos, “ estaba prohibido pase lo que pase, nunca les mires a los ojos, siempre la cabeza inclinada y nunca, nunca les mires a los ojos”, así le indicaron en su contratación, siempre se preguntó porqué la eligieron a ella con la poca cultura general que poseía, posiblemente por la correcta obediencia y su excelente currículo al servicio de diferentes nobles. Una vez servido tomó la taza de café y observó el anillo del caballero que junto a ella estaba, sabía que lo había visto antes, no recordaba donde, pero sabía que en alguna de las revistas del corazón que frecuentaba. Terminó de servir esta ronda, tomo de nuevo el carrito y prosiguió la marcha a la cocina de aquel lugar, siguió sin levantar la mirada a los comensales, en un intento de levantar la mirada, un seguridad que sin saberlo la acompañaba le indico en su idioma con acento danés que no lo volviera a hacer. Con las mismas le acompañó a la puerta, ella prosiguió su camino por el pasillo en dirección al ascensor, esta vez si levantó la mirada para contemplar de nuevo los tapices de las paredes, observó uno que conoció, aun teniendo poca cultura, el Tapiz de la Creación, del románico.
- No me extrañaría que fuese el original.
La puerta del ascensor se cerró. Un interior relucientemente bello, recién limpiado y muy iluminado, lo que más le llamó la atención fue el espejo que debería mostrar su reflejo.
- Creo que no quieren mirarse a sí mismos.
El sonido de la campanita y el numero -1 indicaba que había terminado su viaje. Se abrió la puerta y el jaleo de utensilios de comida inundaba el lugar, no eran un gran alboroto pues no se servía comidas principales sino sólo cafés, tostadas y algunas copas. En total eran 15 camareras, ningún hombre, excepto los guardaespaldas con su mutismo. Inició la marcha de nuevo y se dedicó completamente a su trabajo, cargó los nuevos cafés y los recipientes con leche. Ninguna de las camareras se saludaban, nadie comentaba nada, eran como engranajes de una maquinaria perfecta. Una de las tazas resbaló de la mesa y se rompió. Aquellos señores alertados observaron, y el más cercano caminó unos pasos, vio lo ocurrido hizo un ademán con la cabeza, la chica lo entendió como todas las que se encontraban, unos segundos después todo se reanudó de nuevo. Se formó una fila con todas ellas dispuestas uniformemente, se esperó a que el ascensor abriera las puertas y entraron de cuatro en cuatro hasta que todas acabaron por subir.
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